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Enrique Aparicio combina la vida rural con el fracaso mal interpretado de manera almodovariana en su ópera prima “La mancha”

ALBACETE, 23 (EUROPA PRESS)

El periodista cultural y escritor Enrique Aparicio, natural de Alpera (Albacete), ha estrenado su faceta de novelista con ‘La mancha’ (Plaza & Janés, 2024), una obra escrita en primera persona y en la que relata la historia de Valentín, joven casi treintañero que tras dejar el ficticio Baratrillo de La Mancha completa un camino de ida y vuelta tras pasar por Madrid para formarse como publicista, con el fracaso del regreso al pueblo como punto de partida.

Una historia que se entrelazará con una segunda prosa, en este caso de Ramona, paisana extemporánea que sacó adelante a sus dos hermanas pequeñas y a su padre a la muerte de su madre en plena dictadura, cuyo testimonio salpica la historia principal en la búsqueda del nexo de unión entre ambos, lustros mediante.

En entrevista con Europa Press con la obra recién salida del horno ha hablado de esta primera creación novelada, que parte de una historia que siempre tuvo en la cabeza y en la que, pese a no ser ni mucho menos autobiográfica, sí que guarda retazos de experiencias como persona LGTBi que se cría en un pueblo manchego, y no deja de lado los conflictos con su lugar de origen y su “infancia y adolescencia”.

Aún con notables rasgos de Aparicio en las páginas, no deja de ser “autoficción pura y dura”, con partes autobiográficas pero “con toda la lógica y estructura de una novela, no sólo un testimonio”.

Partiendo de la base de que Valentín y Enrique comparten códigos y experiencias, el personaje “le da mil vueltas” al autor, así como el autor le da otras mil a su propia criatura. “Él tiene 25 años y la novela transcurre en verano de 2023, y hay muchas sensaciones y ciertos prejuicios que tiene Valentín de los que yo ya me he desembarazado”, asegura, si bien admite que el relato sí que se basa en su propia experiencia. “Como buen marica lector que se ha buscado en la literatura, yo he buscado a la desesperada referencias de vidas maricas en los libros porque muchas veces no tenía otros sitios de donde sacarlas”.

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Argumenta, como muchas personas LGTBi de su generación, que recaló en la gran ciudad viniendo de pueblos pequeños, como le ocurre a Valentín, quien en el libro replica una trayectoria “desde el pueblo, donde todo el mundo te conoce, hasta sitios donde nadie lo hace”, a modo de “punto de fuga”.

“Pero la vida a veces te obliga a enfrentarte a lo que te has dejado en el pueblo, en el barrio, en la ciudad pequeña, y muchas veces lo que te has dejado no está solucionado, de ahí está el conflicto”, añade.

La relación de Valentín con el pueblo que le vio nacer explora sus propios vaivenes a lo largo del libro, y en el paralelismo con Aparicio, el autor reconoce que muchos maricas rurales dejaron sus orígenes pensando que se merecían algo mejor, que eran “dignos de una capital”.

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Del mismo modo, el personaje se va a Madrid para “romper con todo” sin dejar de lado una relación de “amor odio” con el pueblo. En Alpera, asegura, “no hay más homofobia que en Albacete, que en Madrid o donde fuera”, pero la que había, le tocó a él, y en un pueblo pequeño “no hay escapatoria”.

“FRACASO EXTREMO”

El protagonista al que ha dado vida Aparicio vuelve a su pueblo “con una sensación de fracaso extrema” pese a que en Madrid ya había hecho “lo que había que hacer”, estudiar y tener buenas notas, lo que “no le sirve de nada”.

Huyó de Baratrillo de La Mancha con “vergüenza, culpa y miedo”, todo ello emociones que acabó por encontrarse “prácticamente intactas” al regresar. Tras un periodo de casi redención, el libro revela poco a poco la forma en la que detecta su parte de culpabilidad.

“Se va a dar cuenta de que en el pueblo esa sensación de acoso, de alerta y de vigilancia ya solo la tiene él dentro. Va descubrir que delante de sus narices también están pasando otras cosas, que hay otra gente que tiene otros dolores, otros pesares y otras alegrías”, afirma.

AIRE ALMODOVARIANO

Con todo, ‘La mancha’ no es un relato de bullying en un pueblo pequeño y “esa mancha que él intenta borrar, a lo mejor, ya solo es un circuito de él consigo mismo”.

Con un relato que sirve también como testigo de cómo fueron posibles las primeras relaciones amorosas homosexuales en la década de los 90, con sus estigmas y limitaciones, ‘La mancha’ no se desprende de cierto aire almodovariano.

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“Bendita la sombra de Almodóvar. Es casi el mayor elogio que se me puede hacer. Yo, por supuesto, le he incluido algún guiño, porque yo me he criado a los pechos de la obra de Almodóvar, por supuesto”, admite el autor, recordando que hay también guiños a Sara Montiel.

La prosa de Aparicio ofrece dos historias que transcurren paralelas pero que terminan por confluir. Y es que a la historia de Valentín le acompaña la de Ramona, a modo de segunda voz, comunicándose “con muchas limitaciones” y aferrada a un habla manchega.

Una voz con “mucha pureza” que ha ofrecido a Aparicio “un gran reto” para conseguir fidelidad absoluta tanto a la época que circunscribe a Ramona como a su papel de mujer rural en plena posguerra.

Una historia construida con los mimbres que África Sánchez, nonagenaria alperina, ha prestado a Enrique Aparicio durante el proceso de creación de la novela.

“Una señora de Alpera con unos resplandecientes 95 años que es el archivo de mi pueblo. Cuando me he tenido que documentar sobre décadas pasadas, me he ido a su casa, tarde tras tarde, para hablar con ella”, expresa.

Ramona y Valentín “se trasvasan” sin saberlo emociones y experiencias, uno desde el punto de vista del que huyó del pueblo; la segunda “con más empuje y fiereza a la hora de enfrentarse” a sus circunstancias.


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